Usted está en : Portada : Opinión Domingo 2 de enero de 2005

Crímenes urbanos

Bernardo Guerrero, Sociólogo

Esta ciudad se destruye sin cesar. Cada día que pasa nos sorprende un cierre, unas palas excavadoras, obreros con cascos amarillos, ingenieros con zapatos de seguridad, desvío del tráfico y toda la bulla que ello implica. Es el progreso, diría algún ingenuo. Es el precio del desarrollo, agregaría un despistado.

Recorrer las calles de Iquique es un ejercicio de la angustia. Y sobre todo las del centro; la del casco antiguo, ese pedazo de ciudad donde nació la ciudad. Así de simple. Pareciera que a la autoridad le molesta la memoria y la historia. Pareciera que las casas de pino oregón, sus balcones, sus entradas de luz, sus puertas laterales les provocara histeria.

Digo lo anterior a raíz de la construcción de un edificio justo enfrente de la Catedral por calle Esmeralda. En el lugar más iquiqueño de Iquique, se empieza a levantar algo que no sabemos para que servirá. Pero, si sabemos que no tiene nada que ver con el entorno, con la geografía cultural y con la historia del lugar. Esa manzana donde alguna vez la radiotelefonía iquiqueña animaba la vida del puerto, donde el maestro Luis Roldán nos comunicaba, se alzará algo así como una torre. ¡Que fealdad! Y no se crea que no me gustan las torres. Me gustan -algunas-, pero en otro lugar. Que se alcen en espacios donde nunca hubo nada, pero ahí, en ese lugar, me parece lisa y llanamente un crimen urbano.

Al desaparecer la radios Almirante Lynch y El Salitre, una empresa de buses se dio la tarea de construir un terminal que de una u otra manera, recoge algo del estilo de las casas de Roldán, de Daniels, de Pancho Dávila y de tantos otros que hicieron radio en Iquique. Por el lado de Esmeralda, "ChileDeportes", sigue manteniendo esa inmensa casa. Lo que viene para abajo es simplemente un desastre. Esa calle quedará cortada en dos, ya que le torre en cuestión, introduce la discontinuidad en medio de una armónica manzana nacida a principios de siglo XX.

La construcción de ese edificio pone en duda toda la perorata en torno a la idea de hacer de Iquique una ciudad turística. El turista informado, por lo general, el europeo y el norteamericano, viene en busca de lo singular, de aquello que significa patrimonio y memoria. Por torres tienen las de sus países. Los iquiqueños nos preguntamos: ¿Quién autoriza ese tipo de edificaciones? ¿Qué políticas urbanas sustentan ese tipo de intervención urbana? ¿El plano regulador de la ciudad que controla entonces?

Esa manzana al igual que otras del sector simbolizan el Iquique salitrero, el de las luchas sociales, el del esplendor. Ahí se ubicaban las empresas salitreras, los negocios florecientes. Hoy, y este es el crimen urbano, veremos, como una afrenta a nuestra identidad, una mole insolente de hormigón armado.

Ojalá este año que ya llegó no nos sorprenda con estos sin sentidos arquitectónicos.

 
 
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