Usted está en : Portada : Opinión Sábado 19 de febrero de 2005

Desesperanza aprendida

Horst Bussenius C., Psicólogo

Hace unos cuantos años atrás, un grupo de psicólogos que realizaban un experimento con perros, observaron un comportamiento extraño en ellos. Les aplicaban una pequeña descarga eléctrica (pero no dañina) para ver su reacción. Los perros podían escapar saltando una barrera. Pero si durante un tiempo la barrera se elevaba impidiéndoles saltar y escapar, entonces los perros aullaban, corrían como locos, pero luego se echaban y no hacían ningún intento más por arrancar. Y aquí venía lo extraño; aunque volvieran a bajar la barrera, ya nunca más los perros intentaban salir. Es como que se habían convencido de que no se podía hacer nada. Los psicólogos del experimento llamaron a esto “desesperanza aprendida”.

La teoría de la desesperanza aprendida plantea que cuando una persona ha tenido experiencias negativas en el pasado, en las cuales ha fracasado varias veces, va a terminar convenciéndose a sí misma de que toda situación negativa que le toque enfrentar estará fuera de su control. Y por lo tanto, lo único que hará es resignarse, y aceptar lo malo que está viviendo, sin intentar luchar. El elemento más esencial de la desesperanza aprendida es sentir y creer que no se puede hacer nada, que no se tiene ningún control sobre el medio ambiente.

Siempre que alguien cae en el conformismo, y no lucha contra una contrariedad, contra la cual sin embargo tiene las condiciones para enfrentar y vencer, estamos frente a una situación de desesperanza aprendida. Es decir, es el convencimiento íntimo de que no se puede ejercer ningún control ni cambio en el medio ambiente para mejorar o revertir una situación.

Casos parecidos pueden verse en muchas facetas de la vida humana. Por ej., en quienes buscan trabajo y no lo consiguen; puede llegar el momento en que sientan que no sacan nada con seguir intentándolo, y se quedan en la desesperanza. Y lo peor, pensando “que no hay nada que hacer”. Aparecen entonces los sentimientos de inseguridad, de pesimismo y la persona se vuelve triste y pasiva, pudiendo llegar con facilidad a la depresión. Aunque se les ofreciera empleo asegurado, estas personas ni siquiera van a presentarse.

Un caso dramático que me tocó ver fue el caso de un adolescente, repitiendo por tercera un segundo medio, con una tremenda apatía, y sin interesarse por nada. Se había criado en un hogar con ambos padres sobreprotectores, y además castigadores. Cada vez que había intentado algo, recibía retos o agresiones. Cada iniciativa que tuvo en su niñez, había sido sofocada de inmediato. Los dos o tres intentos que como adolescente realizó para liberarse, fueron seguidos de castigos tan severos, que finalmente “aprendió” que en la vida no se saca nada con luchar, porque siempre se fracasa.

En muchas situaciones los seres humanos llegamos a la desesperanza aprendida. Aunque todos tenemos la capacidad para triunfar –respetando los talentos de cada cual-, a muchos las experiencias negativas que han tenido les han enseñado que es preferible no intentar cosas, no jugársela, ni tener esperanza en su propio futuro.

Pero volviendo al experimento con los perros, los psicólogos idearon una manera de revertir la situación, y aplicando cierta técnica a los perros lo lograron. Esto confirmó que la desesperanza era justamente aprendida, y que por lo tanto podía “desaprenderse”; pero lo más importante es que, llevado al plano humano, esto último es también totalmente aplicable, y más todavía en nosotros que tenemos un potencial de aprendizaje tan superior a los perros. ¡Siempre se puede luchar y hacer algo!

 
 
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