Logrando superar su propio récord de aprobación, y a pocas semanas de concluir su mandato, la Presidenta Michelle Bachelet continúa personificando un juicio paradójico para quienes perdieron las elecciones presidenciales. Impotencia debe crear - el observar cómo un récord histórico de popularidad - no pudo salvar a quienes levantaron su nombre, a quienes implementaron las medidas que rescataron a su gobierno de la inercia política inicial. El consuelo es exiguo, porque los actores políticos saben que sufrir una derrota electoral -con alta o baja popularidad- por amplio o estrecho margen, pierde importancia cuando las consecuencias inmediatas son las mismas: la pérdida del poder central, la privación de un posicionamiento privilegiado para el próximo veredicto electoral. Y con el rol más pasivo que vivirán a partir del 11 de marzo, el dilema de los derrotados se acrecienta. El Presidente electo lo entiende, por eso pone a prueba la fortaleza -de quienes estrecharon las cifras- invitándolos a reflotar la 'democracia de los acuerdos'. Propuesta debatible -pero audaz- para enfrentar a una generación de concertacionistas ansiosos, con muchas ganas de convertir el mandato de Sebastián Piñera en una 'breve interrupción' de una historia mucho más larga. Aunque las razones para rechazar la invitación al consenso son debatibles, la animosidad expresada en su contra, podría no serlo para un segmento clave de chilenos moderados - que consideran un sistema de alternancia con estabilidad social- como la receta más sensata para seguir avanzando. Pero el riesgo no termina ahí, porque el temor de la futura oposición, a que la 'democracia de los acuerdos' pudiera robustecer a una alternativa de gobierno que consideran "políticamente incorrecta", no es del todo infundado. La sociedad chilena apreció la prudencia - del ex Presidente Patricio Aylwin- al impulsar un ambiente de diálogo y consenso en momentos decisivos para la estabilidad e imagen del país. La continuidad de los gobiernos concertacionistas se enmarcaron en ese contexto, de distensión social y pragmatismo político, por lo que la reproducción de ese entorno, intranquilizaría a quienes desean evitar la repetición del mismo curso. De cualquier modo, y aunque sea entendible la frustración que crea la interrupción de una racha ganadora, los perdedores de la última elección presidencial deben mantener la calma. Una 'democracia de los desacuerdos', de poca colaboración y tensión social no es viable para los chilenos del siglo XXI. En realidad, más que "una actitud aguerrida", muchos concertacionistas esperan un proceso de autocrítica honesto e intenso del accionar de todos los actores (jóvenes, no tan jóvenes y "viejos"), que directa- e indirectamente, socavaron la base electoral de su propia coalición. Lo último es más constructivo, porque independientemente de los juicios (y pre-juicios) históricos de los detractores del próximo gobierno, la opinión pública juzgará la gestión de las nuevas autoridades, a partir de la evaluación de sus propias expectativas. Es decir, de las mismas expectativas que llevaron a un segmento decisivo de chilenos a inclinarse por Piñera, a pesar de los logros de los gobiernos de la Concertación. |
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