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Sábado 7 de febrero de 2009
Fantasmas de la Santa María

Sin ánimo de cuestionar supersticiones y creencias populares, al menos, parece, metafóricamente, que están rondando los fantasmas de la Santa María. ¿Cómo se explica que un proyecto, considerado como obra bicentenario aún esté en ascuas? No es mi intención pronunciarme sobre el tema técnico ni financiero, pero sí, deseo expresar desde la emotividad histórica, que hace que sin duda, los mártires de aquella tragedia reciban los honores y se les recuerde como corresponde; no con la reconstrucción de un nuevo colegio, sino que con un memorial, museo o como quiera denominársele, dedicado exclusivamente a los hechos del fatídico 21 de diciembre de 1907.

Iquique es una ciudad que no puede dar la espalda a su historia salitrera. Y no sólo ello se refiere a nuestra ciudad o la zona norte, por extensión, sino que a todo el país. En esta tierra calichera nació y se consolidó un movimiento obrero que luchó por justas reivindicaciones, lo que, sin duda, permitió que venideras generaciones pudieran acceder a mejores condiciones laborales, aún cuando todavía hay temas pendientes.

La Masacre de la Escuela Santa María fue el precio que debieron pagar hombres, mujeres y niños, de diversas nacionalidades, cuya identidad era una sola: ser trabajadores de la pampa salitrera.

Acá, en estas tierras de aridez, de riqueza, que formó hombres y mujeres de temple a toda prueba, se consolidó una cultura pampina; cultura tan potente que ha permeado a las generaciones siguientes. Pero no sólo está el aspecto cultural. También lo social y reivindicativo. Es en torno al movimiento obrero, que surgen los partidos políticos, que, desde sus respectivas ópticas ideológicas, canalizan estas demandas.

Hasta acá, la información que se maneja en términos genéricos. Sin embargo, al acercarse el centenario, el 2007, empezó a surgir la necesidad de rendir un homenaje a aquellos mártires, a través de una obra concreta. Así surge el proyecto de reconstrucción de la Escuela Santa María, dañada por el sismo.

Nueva esperanza para los fantasmas de la Santa María, pues fallas en el diseño han postergado la demolición de la actual escuela y futura construcción. Este recinto educativo ocupa toda la manzana sin dejar un espacio decente para recordar a los que, un 21 de Diciembre de 1907, allí fueron masacrados. ¿O tendrán que esperar cien años más para que alguien los recuerde?

Existen dos hechos que jamás podrán ser separados: una escuela fiscal y una masacre. Debemos meditar qué tiene mayor relevancia. La escuela de por sí no tiene mayor relevancia histórica, pero lo que allí ocurrió, sí la tiene.

Algún día, en algún momento, cuando alguien decida construir un edificio de mayor altura, en el sector del ex cementerio N° 2, puede que se encuentren los restos óseos de hombres, mujeres y niños que un 21 de Diciembre de 1907, murieron en la Santa María. La historia enseña que eso es posible.

Lo más adecuado es llamar a licitación nacional o internacional para construir en ese espacio un monumento y un museo que recuerde nuestra historia pampina a los hombres, mujeres y niños que murieron. Y a todos aquellos que antes y después de la fecha, murieron por luchar por sus justas reivindicaciones.

Autoridades gubernamentales, municipales, dirigentes sindicales, agrupaciones pampinas recuerden que lo que ocurrió fue una tragedia para los que allí murieron, para el movimiento sindical, para nuestra historia. Aprovechen esta oportunidad y esta decisión: o escuela, o monumento y museo; sepamos elegir y no nos arrepentiremos después. Hay que vivir con nuestra historia y no ocultarla.

Hombres públicos y de armas tienen un justo recuerdo en plazas y otros espacios públicos, mientras que nuestros dirigentes sindicales tienen un monolito en la calle Amunátegui, convertida muchas veces en letrina pública. Entonces, la propuesta de construir un gran memorial en lo que fue la escuela, cobra sentido, porque un nuevo establecimiento educacional, desviará la atención de lo central, de la verdad histórica que jamás debemos olvidar.

Lo digo por ellos, hombre, mujeres y niños que murieron masacrados; chilenos, peruanos, bolivianos y argentinos. Pero también lo digo por nosotros y las generaciones que vendrán, porque, como se dice, sin memoria, no hay historia.